El 13 de febrero de 1390 la catedral de Pamplona acogió la
coronación de Carlos III el Noble y en el ceremonial el representante de Olite
guardó un lugar destacado como procurador de una las cinco buenas villas del
reino a las que se reservó guiar el estribo del caballo que montó el monarca en
un desfile espectacular.
La conducción
del corcel o la elevación sobre el pavés, el escudo, del rey de Navarra sostenido
por sus súbditos era una teatralización del poder muy particular con respecto a
otras monarquías vecinas de carácter divino. El rito navarro era “más laico”,
según recoge del medievalista José Mª Lacarra la historiadora Merche Osés en su
tesis “Poder, simbología y representación en la Baja Edad Media: El ajuar en la
corte de Carlos III de Navarra”.
En la
catedral de Santa María estaba aquel día el procurador de Olite por ostentar asiento
preferente en las Cortes. La víspera de la coronación, el representante
olitense y los de Pamplona, Estella, Tudela y Sangüesa también escoltaron a
Carlos III en la formalidad del velatorio.
Un largo
ritual cargado de simbolismo esperaba al día siguiente al monarca. Primero,
Carlos Evreux prestó juramento al pueblo. A continuación los súbditos
devolvieron la fidelidad. “Por primera vez los representantes de las villa
juran al rey personalmente y no bajo la representación de los ricoshombres, lo
que denota la importancia creciente de las villas y los burgueses en el
escenario político del reino”, destaca Osés en su trabajo.
En otro
momento importante del rito, el rey mismo tomó la corona y se la colocó en la
cabeza. “No la recibe de nadie, mucho menos del poder religioso”, subraya la
autora y añade que, por tanto, el monarca exhibe “la independencia de su poder
respecto al obispo, por más que se corone en su catedral”.